Cuando un gas como el dióxido de carbono es contenido a alta presión y se calienta, hay cambios en sus propiedades físicas. Se convierte en un fluido supercrítico (SCF, por sus siglas en inglés). En estas condiciones, el gas posee el poder de solvatación de un líquido y la difusividad de un gas. En resumen, tiene propiedades tanto de gas como de líquido. Por esta razón, los líquidos supercríticos funcionan muy bien como medio de procesamiento para una amplia variedad de matrices químicas, biológicas y poliméricas.

Una poderosa capacidad de extracción con fluidos super críticos (SFE) es la capacidad de controlar con precisión qué componentes de una matriz compleja se extraen y cuáles se quedan. Esto se logra mediante un control preciso de varios parámetros clave que incluyen temperatura, presión, caudal y tiempo de procesamiento.
Las ventajas adicionales de los SCF son los altos rendimientos de extracción y la pureza superior del producto. El dióxido de carbono, que es el SCF más comúnmente utilizado, tiene una temperatura crítica de 31 °C y una presión crítica de 73 atmósferas.